Nota de Opinión

Una crianza sin violencia es posible

Testimonios que duelen: 'En esa casa no sabíamos en qué momento nos caía una piña o un insulto. Así crecimos, a las trompadas limpias, destratos a la carta, y el silencio cómplice de mi madre'
lunes, 13 de noviembre de 2017 · 09:14:00 p.m.

BUENOS AIRES (Camila Ríos Fernández) - La profe María tardó muchos años en tomar la decisión de no verlos más y aunque hace ya una década larga que no sabe nada de su familia de origen, cada tanto duelen. Sus hermanos le recriminaron que ella increpara a los viejos con “cosas viejas”. “¡No seas melodramática! Son cosas del pasado. Lo pasado pisado, dejate de joder”-le dijeron- y todos siguieron como si nada pasara. Menos ella que decidió alejarse. 

-Hoy retornan vívidos los recuerdos del pasado. ¿Qué paso María? Pregunta la terapeuta.

-Pasaron 30 años y no termino de comprender cómo no les dolía el alma cuando nos pegaba de esa manera, con tanta crueldad. Mi padre por una papa más pelada me daba para que tenga guarde y reparta. Mi vieja agachaba la cabeza y seguía tejiendo y creo que hasta aparecía una mueca de sonrisa burlona. Ligábamos por cualquier cosa. En esa casa no sabíamos en qué momento nos caía una piña o un insulto. El golpeaba, ella era experta en la guerra del silencio. Días enteros sin hablarnos, como si fuéramos responsables con 6, 8 o 10 años de la violencia de su esposo. Así crecimos, a las trompadas limpias, destratos a la carta, y el silencio cómplice de mi madre que era la confirmación del mayor de los desamparos.

María llora y en cada palabra, con cada recuerdo hace un intento de elaborar aquello que atravesó su infancia hasta que decidió escaparse y no volver más. Pero los recuerdos la saludan cada tanto, y aparecen sin pedir permiso.

-De grande supe que no es “normal” que un adulto le pegue a un niño. O que lo insulte. O que lo ignore. De grande supe que mis problemas de aprendizaje tenían que ver con lo que vivíamos en casa, de hecho, no es casual que ninguno de mis hermanos terminó la escuela. ¿Habrán creído que eran unos inútiles como nos decía la vieja? Hasta los 18 tuve la autoestima más chica que una mosca, y creía que era burra, estaba convencida que a mí no me daba el marote.

Se limpia las lágrimas, respira hondo y mira buscando aprobación en su analista

- No me daba el marote cuando vivía con ellos de tanto grito, de tanto golpe. Y aprendí a defenderme y casi me la creo que soy agresiva. De grande supe que no era violenta. Que había aprendido una definición de amor que debía desaprender. Que había aprendido a gritar, a insultar, a lastimar y que no era genético, era una violencia aprendida. De grande supe que educar a los golpes no es educar. Que eso que vivimos tiene un nombre y se llama violencia, que estuvimos desprotegidos, desamparados, vulnerados. Vulneración es sinónimo de violación ¿no? 

La terapeuta le acerca un pañuelo y le pregunta: -¿Que pasó esta semana que vuelve con tanta fuerza el pasado a visitarte? 

María suspira hondo, se limpia los ojos llenos de lágrimas. Se hace como un bollito en la silla, abrazándose las piernas con los brazos y apoyando la pera en las rodillas. Casi como una niña.

-Mis alumnitos me duelen. Cómo puede ser que todavía en 2017 haya chicos/as con marcas físicas por los golpes y heridas cortantes en el alma de tanto grito, insulto puteada o silencio. Hoy estaba dando una clase con los chiquitos de 5to grado sobre los derechos de los niños/as, cuando observo que un grupito cuchicheaba sin animarse a preguntar. Los alenté a expresar lo que estaban comentado porque claramente era algo referido a la temática y uno dijo “todo muy lindo con lo que decís, pero la realidad es otra cosa”.

Miró a su compañerita de al lado como invitándola a continuar la idea que venían desarrollando cuando cuchicheaban. Y la nena me dijo: -¿Los derechos los tenemos solo adentro de la escuela? 

-¿Y vos qué le respondiste? -pregunto la analista

-Que nadie puede lastimarlos, que el maltrato está prohibido por Ley. Que cuando los que somos grandes éramos chicos, era habitual poner límites a través de castigos, pero lo habitual no significa que estuviera bien ¿y sabés qué me respondieron los chicos/as? 

“Entonces no nos des clases a nosotros profe! dale una clase a mi mamá que me dice estúpido más veces de lo que me dice por mi nombre. ¿De qué sirve saber nuestros derechos si cuando llegamos a casa nuestras familias desconocen que está mal pegar, gritar o insultar?”

La violencia no se hereda, se puede revertir

Muchos adultos/as creen por desconocimiento, por repetición de lo aprendido que un buen chirlo o una buena reprimenda ordenan y educan.

Algunas veces estas ideas las traemos arraigadas de nuestra propia historia infantil, o por la cultura local en la que estamos inmersos. Sin embargo, los gritos, los golpes, los insultos no educan. Son modos naturalizados de la violencia que producen mucho sufrimiento psíquico, físico anímico en los chicos/as afectándolos en el aprendizaje, en las relaciones con sus pares y en su autoestima. Todos los tipos de violencia dejan secuelas visibles e invisibles, Los moretones son más fáciles de detectar, pero todas las caras de la violencia perjudican la salud de los chicos/as.

La violencia no se hereda, no viaja en un gen loco que hace que ese adulto/a cuidador/a sea más propenso a la mano suelta o al insulto fácil, pero se reproduce cuando es naturalizada (y de natural tiene NADA) por eso nos invito a reflexionar, a parar un rato la pelota como dicen por allí y pensarnos en nuestra realidad cotidiana como adultos/as responsables de la crianza de esos niños/as y saber que podemos revisar lo aprendido y  revertir esos modos de vinculación violentos que perjudican a nuestros pequeños/as.  

Pensarnos como adultos protectores implica reflexionar, implica modificar ideas erróneas, distorsionadas, falsas creencias acerca de las bondades de la violencia en la crianza (casi una paradoja escribir bondades y violencia en una oración).

La autoridad es una construcción que no requiere de humillaciones insultos o cachetadas. De esa manera se construyen relaciones atravesadas por el miedo no por el respeto. Lamentablemente algunos de esos chicos/as que sufren violencia apelarán a las herramientas aprendidas en casa para vincularse con Otros. Si en casa son destratados ¿cómo pretender que en la escuela no insulten, no pongan apodos, o resuelvan conflictos cotidianos sin apelar a los golpes? 

Muchas veces en la consulta o en la escuela escuchamos a las madres o padres decir: “Si es mi hijo tengo derecho a educarlo como quiero”.

¡Haga lo mejor que pueda! Mientras sea una educación que respete los derechos del niño/a o adolescente, porque en la Argentina la violencia hacia los chicos/as está prohibida por ley (qué loco que tenga que existir una norma que establezca que está mal ¿no?). 

El nuevo código civil establece en su artículo 647 la prohibición de malos tratos. Se prohíbe el castigo corporal en cualquiera de sus formas, los malos tratos y cualquier hecho que lesione o menoscabe física o psíquicamente a los niños o adolescentes.

Cualquier tipo de violencia ejercida hacia los niños/as no solo es una conducta repudiable en términos morales, sino que además está legalmente prohibido. Ellos/as necesitan de nosotros palabras de aliento, abrazos, límites, necesitan saberse mirados, mimamos, escuchados y queridos/as.
¿Y sabes qué? Quizá repetimos algunas cosas de las que vivimos, y estamos a tiempo siempre de pedirles perdón. Eso no quita autoridad, al contrario, genera respeto y valoración. Estamos a tiempo de reparar aquello que hasta ahora no pudimos pensar en su momento. ¡No nacimos con manual! Madres y padres nos equivocamos y quizá si hasta ahora no nos cuestionamos lo aprendido podemos asumir el desafío de pedir perdón, de reflexionar y de cambiar el modelo de crianza con el que venimos “programados”.

por Camila Ríos Fernández 

para El Intransigente.

 

Cargando más noticias
Cargar mas noticias